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¿Es aún posible la socialdemocracia? (1)

Socialdemocracia

No paramos de leer acerca de la dificultad de la socialdemocracia para llevar a cabo sus políticas. Las críticas se multiplican por todas las alas del espectro político. Y no solo por la de los enemigos naturales de esta tendencia, los que se sitúan en el espectro liberal-conservador. A veces son más duras incluso las de aquellos que se definen también como socialdemócratas.

El socialismo clásico, instalado en el concepto de lucha de clases y defensa de los procesos revolucionarios, se fue diluyendo tras la Segunda Guerra Mundial. El Partido Socialdemócrata Sueco, con Olof Palme, o el Partido Socialdemócrata de Alemania, con Willy Brandt, abandonan los principios marxista-leninistas aceptando con claridad el sistema de las democracias parlamentarias. Siguiendo su estela, otros partidos como el PSOE, en su congreso extraordinario de 1979, realizan una labor similar a través del impulso de Felipe González. Desde ese momento la socialdemocracia se hace reconocible no por sus ínfulas revolucionarias sino por la defensa del denominado Estado del Bienestar. Este puede definirse como una situación dentro del sistema capitalista que permite participar a las clases populares en los rendimientos del capital. Se trata de fomentar sociedades con una fuerte prevalencia de la justicia social.

Puntales de ese Estado del Bienestar son el acceso universal a una sanidad pública de calidad o a la educación gratuita, o a muy bajos costes, en todas sus etapas. Pero estas dos características no son las únicas. Una justicia que permita el acceso no solo a quienes poseen medios abundantes. Unos servicios sociales bien dotados para atender los casos de quienes más necesidades presentan. Unos derechos civiles que protejan a los colectivos más desfavorecidos, etc. Lógicamente, lograr estos objetivos requiere una política impositiva fuerte. Un sistema fiscal progresivo que permitiera a los que menos rentas perciben recoger una parte del excedente de quienes las tienen más altas.



La fuerza que los partidos socialdemócratas europeos presentaron durante la segunda mitad del siglo XX posibilitó que el viejo continente se constituyera como la patria del Estado del Bienestar. El lugar del mundo donde las políticas igualitarias habían logrado crear un cierto paraíso. Este no tenía nada que ver con la vieja utopía socialista, pero sí generaba un ecosistema donde la vida era más fácil para las personas.

La consecución de este objetivo se realizó bajo unas pautas de crecimiento económico que posibilitaban ese reparto del excedente a través de la fiscalidad progresiva. Pero no podemos dejar de reseñar algunos aspectos del modelo socialdemócrata que posibilitaron el ascenso intelectual de teorías contrarias. Veamos alguno de ellos.

  1. El mantenimiento de este tipo de sociedad parece que solo es posible a través de estructuras estatales muy fuertes. Y el crecimiento de dichas estructuras suele traer consigo un alto coste de mantenimiento. Esto hace que en momentos de crisis económica no sean fácilmente sostenibles.
  2. Hay varias formas de sustentar el mencionado Estado del Bienestar. La más común es la de crear potentes servicios públicos que faciliten la vida del ciudadano. Pero también se han dado históricamente otras caracterizadas por la subvención económica directa a las personas que los necesitan. Se trata de no solo de facilitar formación o sanidad sino también de aportar recursos económicos básicos. Son las clásicas subvenciones al desempleo o los más recientes ingresos mínimos vitales.
  3. Existe en la socialdemocracia un elemento compartido con el estatalismo clásico e incluso con regímenes dictatoriales como el corporativismo italiano de la época de Mussolini. Se trata de potenciar al propio Estado no solo como un agente regulador sino también como un operador productivo en competencia con los propios de la iniciativa privada. Una buena parte de la socialdemocracia, siguiendo la estela del socialismo clásico, ha pensado que la propiedad estatal de los medios de producción podría ser beneficiosa para los trabajadores. Esta idea se sustenta en el hecho de que empresas de este tipo no buscarían el rendimiento económico de los accionistas de una compañía privada. Todas las plusvalías se quedarían en la propia empresa para posibilitar así su crecimiento.

Esta concepción del Estado ha sido rebatida por los defensores del liberalismo, sobre todo desde el denominado periodo Thatcher-Reagan. El impulso teórico lo recibió de la mano de los economistas de la Escuela de Economía de Chicago, liderada en aquella época por Milton Friedman. Con todo ello se fue instaurando un pensamiento crítico hacia la socialdemocracia.

Su punto de vista era el clásico del liberalismo, pero reforzado con las consecuencias que los fuertes procesos de estatalización habían traído consigo. Las sociedades anglosajonas, adalides tradicionales del liberalismo, propusieron otra forma de hacer las cosas. Una forma claramente enfrentada con los principios de la socialdemocracia. Desde su perspectiva, un Estado demasiado fuerte solo sirve para limitar el desarrollo de la iniciativa privada. Los procesos burocráticos que se instalan para regular la actividad económica funcionan como un freno para el crecimiento. Y gravar con un alto nivel impositivo a las empresas solo sirve para recortar sus posibilidades inversoras que son la clave para la generación de empleo y riqueza social.

En definitiva, cualquiera de los dos modelos aboga por el Estado del Bienestar como catalizar de una sociedad libre de conflictos. Y ello es la clave para que el proceso económico pueda funcionar sin cortapisas. Una de las alternativas, la socialdemócrata, piensa que Estado debe funcionar como un elemento facilitador de la justicia social. La otra, la liberal, aboga por limitar la acción del Estado dejando que sea el dinamismo de la iniciativa privada la clave de la generación de riqueza para todos.

Un análisis simplista suele reducir a los conocidos criterios de clase las diferencias entre un modelo y otro. Y no se le puede quitar la totalidad de la razón. Pero los argumentos que en ese orden de cosas se desarrollan no son del todo ciertos. Pensar que un modelo es el que representa a la burguesía capitalista y otro el que lo hace con los asalariados y las personas con menos recursos es una simplificación no del todo correcta. En nuestro complejo mundo del siglo XXI las clases sociales tradicionales no están tan nítidamente definidas. Podemos afirmar que el capitalismo actual ha entendido que solo haciendo participar a los trabajadores de parte de la plusvalía que las empresas generan, se puede obtener la paz social necesaria para el fomento del desarrollo económico.

Por tanto, es solo el camino para lograr sociedades justas lo que hace diferir entre una alternativa liberal y otra socialdemócrata. Simplificaciones del tipo «eres más tonto que un obrero de derechas», altamente empleada por la izquierda, no dejan de ser estúpidas. Por supuesto que hay obreros que piensan que la alternativa liberal es la más adecuada. Y, por supuesto, que hay empresarios que están de acuerdo con las opciones que las socialdemocracia representa.

Al empuje conceptual que el enfoque anglosajón ha supuesto para el liberalismo hay que unir el enorme proceso de globalización que el mundo ha sufrido en las últimas décadas. El tremendo auge de las economías asiáticas ha supuesto un nuevo problema para el mantenimiento del Estado del Bienestar europeo. Entornos de muy bajo coste en la producción han aupado a países como China. Sus productos compiten con los del mundo occidental a unos costes sensiblemente más bajos. Esto ha forzado un reequilibrio en las empresas a fin de poder competir en el mercado global. Además se ha producido un fuga hacia Asia de la manufactura al poder acceder allí a un gran volumen de mano de obra con unos costes más bajos que en Europa o Estados Unidos.

Todo esto ha puesto sobre la mesa un nuevo y complejo escenario en nuestros países. Empobrecimiento salarial a fin de poder competir con otros mercados, pérdida de oportunidades en el sector industrial al desplazarse la producción a Asia, etc. En consecuencia, en occidente ha venido ocurriendo un indeseable adelgazamiento de las clases medias. Nos quedan las clases más altas y los trabajadores más cualificados vinculados al mundo de la inteligencia, la tecnología, las finanzas… Y un enorme ejército de personas que ya no encuentran su salida profesional en el mundo de la manufactura y que ahora se desenvuelven en entornos de muy bajo valor añadido. Obviamente, con salarios escasos y muy baja estabilidad laboral. El sándwich se ha quedado con los trozos de pan de arriba y abajo, pero ha perdido su jugoso y abundante relleno.

Ante una situación como esta, liberalismo y socialdemocracia han acentuado sus diferencias para tratar de adecuarse al entorno. La alternativa liberal, tratando de mejorar la competitividad, ha buscado rebajar los costes empresariales. Esto implica no solo los directos, pagados en salarios, sino también los impositivos. Contrariamente, la alternativa socialdemócrata ha intentado suplir con aportaciones públicas ese menoscabo que los asalariados estaban sufriendo. Y lo ha intentado hacer manteniendo regulaciones que obstaculicen la pérdida de derechos de los trabajadores y manteniendo una fiscalidad alta que impida el deterioro de los servicios públicos.

Pero en una Europa azotada por la crisis, desde la primera década de este siglo, la alternativa socialdemócrata solo ha podido mantenerse con un fuerte incremento de la deuda. Y ello ha traído todo un complejo desequilibrio en nuestras cuentas públicas que aún no sabemos cómo podrá resolverse.

En este escenario se acusa a la socialdemocracia de no ser capaz de gestionar adecuadamente nuestras sociedades. Y la crítica, como ya he mencionado, se emite no solo desde su derecha sino también desde su propia ala izquierda. Desde esta última son frecuentes las críticas al abandono de los programas de máximos del socialismo clásico. Se viene a decir que los partidos socialdemócratas ha entrado en la órbita del capitalismo y han abandonado su tendencia a la lucha por mejorar la justicia social. Desde la derecha se suele acusar a la socialdemocracia de derrochar el dinero proveniente de los impuestos. También de congelar el dinamismo social creando sociedades subvencionadas y aparatos estatales más densos de lo necesario.

Se ha estrechado, pues, el ámbito de acción de los partidos socialdemócratas. Hoy deben mantener un difícil equilibrio, Por un lado, con una militancia que le exige un posicionamiento claro respecto a los principios socialistas. Y, por otro, con el fortísimo empuje de las ideas liberales que, en muchos casos, parecen adecuarse mejor a la complejidad de nuestras sociedades.

De ahí la pregunta que aparece en el título de este artículo. ¿Es aún posible la socialdemocracia? Particularmente creo que debe serlo, que es la mejor opción que tenemos para tratar de mejorar nuestras sociedades. Pero para que esto sea posible hay que repensar muchos de sus fundamentos.

Los partidos socialdemócratas tienen que adecuarse a una realidad que les es huidiza en muchos casos. Tienen que entender un esquema de clases sociales que ya no es el que impulsó su nacimiento en el siglo XIX. Tienen que dar soluciones a colectivos que tradicionalmente no han estado dentro de su ámbito de acción, no solo a los asalariados tradicionales. Están los autónomos, los pequeños empresarios, el personal altamente cualificado… En resumen, todos aquellos que hoy suponen una enorme masa social en nuestros países. Colectivos que suelen terminar abrazando el liberalismo al no encontrar sus intereses defendidos desde los partidos de izquierda.

Con este artículo pretendo iniciar una serie que tratará de reflexionar sobre todos estos temas. No creo ser capaz de encontrar la clave para configurar la socialdemocracia del futuro, pero, al menos, confío en aclarar mis ideas al respecto y que lo escrito contribuya, si puede ser, a fomentar que otros también aclaren su pensamiento. Veremos.

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