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¿Es aún posible la socialdemocracia? y 4. El rol del político

El rol del político

Ayer me puse a revisar las anteriores entradas de esta serie que estoy escribiendo sobre la ubicación de la socialdemocracia en las sociedades actuales. Pretendía escribir un artículo donde resumiera un conjunto de propuestas que, desde mi punto de vista, fueran de utilidad. Pero al releerlos caí en la cuenta de que ya en cada uno de ellos se daba ese resumen y que todo lo que podría decir seria repetitivo frente a lo ya escrito. Pero quería escribir un artículo final para la serie. Hace mucho tiempo que no la alimentaba y eso no puede deberse a otra cosa que no sea la falta de ideas que desarrollar. Y, sin embargo, en el día a día surgen miles de chispas conceptuales a colación de la actividad política del país y del resto del mundo. No desarrollo esas ideas porque me digo: «primero tienes que terminar la serie sobre la socialdemocracia».

Pues se acabó. Este será el último artículo de la serie, lo que no quiere decir que no siga hablando sobre políticas socialdemócratas. Eso sería imposible, solo que lo haré en píldoras sueltas, a colación de otros temas o vaya usted a saber cómo. Lo único cierto es que me quito la responsabilidad de escribir un tratado sobre el asunto. Algo que está fuera de mis posibilidades.

Sentado lo anterior, tengo la obligación de terminar hoy la serie. Y lo voy a hacer. Lo único es que, en lugar de hacerlo con ese artículo resumen del que hablaba, lo haré tratando un asunto que considero de gran relevancia. Me refiero a cómo hoy la socialdemocracia puede realizar su práctica política en nuestra sociedad. Aclararé algo más el alcance de este asunto. Se trata de cómo alguien que crea en los principios de la socialdemocracia debe participar en política. Algo así como cuál debería ser el rol del político socialdemócrata en nuestro mundo.

Crispación y sectarismo

Los últimos años de la realidad política en España se han visto marcados por una intensa tendencia a la crispación y el sectarismo. En ello han influido varias cuestiones entre la que no es la menor el cambio generacional entre aquellos que se dedican a la política. La llegada de esa generación que ya no devenía directamente de la denostada generación del 78 ha cambiado muchas cosas. Al no sentirse protagonistas de la fiesta se han centrado en criticar muchos de los aspectos de nuestro pacto constitucional. Y ello ha enarcado las diferencias entre las dos alas políticas clásicas. Las redes sociales, como elemento para crear y difundir lemas de forma rápida y poco meditada son también un claro activador de esta situación. Por último, una generación de políticos más centrados en el marketing electoral que en el trabajo de transformación social, ha hecho el resto.

Hemos visto crecer, en los extremos del sistema, organizaciones políticas como Podemos o Vox que, de algún modo, recogían las consecuencias de todo este fenómeno. Y en el centro del espectro se quedaban los partidos clásicos, un PP y un PSOE algo despistados por la situación y sin tener muy claro cual debería ser el camino a seguir. Lamentablemente para nuestra sociedad hemos vivido unos últimos años donde el peso de los extremos ha podido más que la moderación centrista que ha solido caracterizar la política española de la Transición. Y, ojo, que ni siquiera estamos hablando de que ese posicionamiento hacia los extremos tuviera unas connotaciones programáticas. No es que el PP se haya más hecho más ultraliberal o que el PSOE esté pidiendo la colectivización de los medios de producción. Nada más lejos de la realidad. Las políticas han seguido siendo pragmáticas, posibilistas. Sin embargo, es el modo de moverse el político en la sociedad lo que se ha extremado.

Cuando Rajoy abandona la presidencia del PP se produce un duelo entre el llamado sector «sorayista» y el que se aglutina a través de la figura de Pablo Casado. El primero estaba compuesto por personas más centradas en la gestión que en la ideología política, aquellas que habían rodeado a Soraya Sáenz de Santamaría, vicepresidenta durante el gobierno de Rajoy. El segundo reunía a una amalgama de políticos de nueva generación, con poca o nula experiencia de gestión, pero muy cargados ideológicamente hacia el lado derecho del espectro político. En el PSOE, aquel anómalo espectáculo de cómo Sánchez llega al poder en el partido, lo pierde y lo vuelve a recuperar, trajo consigo un similar escenario al vivido por su oponente en la derecha. Asustado el PP por el ímpetu de Vox y el PSOE por el de Podemos, inician un camino de alejamiento de la moderación centrista y de acercamiento a las alas. Como ya he dicho, si no en el programa, sí, al menos, en el discurso.

Todo este escenario se ve, además, reforzado por el aterrizaje en los partidos de profesionales provenientes del mundo de la comunicación y del márketing político. Se trata de personas más centradas en trabajar para lograr el éxito electoral que para llevar a la práctica un ideario político concreto. Las redes sociales y la difusión de lemas a través de los medios de comunicación son su escenario clave. Iván Redondo en el PSOE es quizá el arquetipo de este perfil. Alguien que ha trabajado para el PP anteriormente, y que luego lo hace para el PSOE, se convierte en un elemento clave de la imagen que el partido traslada a la sociedad. Más cercanos a la acción política, pero no muy diferentes en sus planteamientos tenemos a un Pablo Iglesias en Podemos o una Isabel Díaz Ayuso en el PP. Su modo de hacer política coincide. Se trata de crispar porque entienden que si sus crispantes lemas son mejor recibidos en la sociedad que los de su opuesto político, lograrán un mejor acceso al poder.

Y en este escenario, ¿dónde queda la política? El Parlamento se torna en un escenario teatral donde cada uno representa su papel, el que el community manager de su ala ha diseñado. Los políticos inteligentes, con ideas acerca de cómo transformar la sociedad, de cómo gestionar, de cómo ejercer el poder político van desapareciendo empleados en la Unión Europea u otros organismos transnacionales. Mientras, en España, los especialistas en la agit-prop se hacen con el poder. Solo tenemos que revisar perfiles como Teodoro García Egea en el PP o Adriana Lastra en el PSOE. Personajes cuyo principal aval es su juventud. Aval que les proporciona la capacidad de arrinconar la sensatez y la moderación y sustituirla por el grito estridente.

Y, sin embargo, los tiempos parecen estar cambiando. Siempre se ha dicho que en España es la ocupación del centro político la que hace ganar elecciones. Curiosa sentencia para un país que ha visto hundirse a todos sus proyectos centristas: la UCD, el CDS, la operación Roca, UPyD y, últimamente, Ciudadanos. Digamos que lo que parece gustarnos, más que optar por un partido de centro, es que los partidos tradicionales se acerquen al centro en lugar de alejarse hacia los extremos. El PP está viviendo en este momento una clara situación de ese tipo, aunque bajo la forma de un cierto esperpento, similar al que vivió el PSOE con el affaire Sánchez. Si en su día las primarias las ganó Pablo Casado frente al sector sorayista, hoy Casado es historia y quienes no lograron el triunfo en las urnas son los que ostentan el poder. Feijoo como Presidente del partido y Moreno, como líder indiscutible en Andalucía y triunfador electoral claro en ese tradicional feudo socialista; ambos son de filiación sorayista. De perfil más gestor que ideológico (Feijoo confiesa haber votado al PSOE en alguna ocasión) ambos transmiten un mensaje de moderación y centralismo. Es curioso que Casado haya caído a manos de quien está más cercana conceptualmente a su modo de hacer política, la inefable presidenta de Madrid, Isabel Díaz Ayuso que continúa representando en el PP el sector más ultramontano, amante de la riña permanente y la crítica irreductible de los que políticamente se le oponen.

Y los socialdemócratas ¿qué?

Un escenario como el que venimos describiendo se ve trufado, además, por otro elemento de trascendental importancia. Me refiero a la pérdida del respeto ciudadano que la clase política ha ido acopiando. Los múltiples casos de corrupción (en cualquiera de las organizaciones políticas) se unen a una falta real en nuestro entramado institucional de un claro estatuto del servidor público. Recuerdo que en el primer postfranquismo uno de los artículos del recién estrenado El País (es una pena que no lo haya encontrado en la hemeroteca del diario) hablaba de la limpia personalidad de los nuevos políticos demócratas frente a los turbios elementos del régimen. Si alguno vez esa ejemplaridad de la clase política existió hoy se ha perdido casi en su totalidad. La población identifica que el político es alguien que:

  • Generalmente, ha dedicado toda su vida a la política.
  • Tiene una sola habilidad que es la de medrar en las organizaciones.
  • Carece de las competencias reales de los buenos profesionales.
  • Está remunerado por encima de la media de cualquier esforzado ciudadano.
  • Ostenta las múltiples ventajas que le da pertenecer a la clase política
  • Solo está en política por el medro y no por mejorar la sociedad

Digamos que, aunque todo lo anterior no sea totalmente cierto, podemos deducir de ello que hay un notorio alejamiento del político respecto de la sociedad a la que representa. Dicho alejamiento se ve potenciado por perfiles políticos que están más centrados en el ruido mediático que en la gestión de la cosa pública. El altavoz de las redes sociales contribuye con la posibilidad de difusión de lemas a hacer que el ruido se convierta en un auténtico pandemónium de sectarismo. Y una legislación que no previene suficientemente la corrupción ni determina con rigor como debe ser el estatuto del servidor público, pone ya el colofón al escenario.

Bien, pues ahí tenemos ya claramente definido el camino de lo que la socialdemocracia debe hacer para que su manera de hacer política cale en la sociedad. Se trata de diseñar un perfil político que esté totalmente alejado de estas ideas-fuerza que la sociedad tiene de sus representantes.

Digamos que hay dos grandes frentes. El primero tiene que ver con la acción política. Y en ese orden de cosas es imprescindible que la socialdemocracia trabaje por crear legislación que defina con claridad el estatuto del servidor público. Se trata de:

  • Aportar pautas para la mejora del funcionamiento democrático de los partidos
  • Fomentar el carácter ejemplarizante que la personalidad política debe ejercer
  • Crear las instituciones educativas necesarias para que quienes deseen entrar en política conozcan adecuadamente lo que la sociedad espera de ellos así como los principios rectores constitucionales que deben respetar en todo momento.
  • Limitar el tiempo de permanencia en los cargos públicos. Se trata de fomentar que los políticos sean miembros de la sociedad real y no personas centradas en el submundo de las organizaciones políticas. Uno puede ser militante toda su vida y trabajar por un ideario, pero no debería ser alcalde, diputado o presidente del gobierno más allá de un número determinado de años.
  • Definir con claridad y equilibrio la remuneración salarial de cualquier cargo público. Hay que trabajar porque el político tenga una remuneración justa, pero equilibrada con respecto a la sociedad a la que pertenece. Hay que evitar que puedan darse remuneraciones excepcionales que hagan que el político se diferencie con notoriedad del resto de los ciudadanos.
  • Definir con rigor los escenarios de corrupción política y penalizar duramente su práctica

Este es un frente claro. Al igual que la socialdemocracia debe trabajar por transformar la sociedad en múltiples aspectos, igualmente debe hacerlo en cuanto a regular la actividad política para evitar las situaciones de desafección que venimos describiendo.

Pero hay un segundo del que me atrevería a decir que es casi el más importante. Me refiero al propio trabajo interno. Se trata de trabajar internamente en las organizaciones socialdemócratas para que la representación política termine siempre recayendo solo en los mejores. Hay que trabajar para difundir entre la militancia lo que se considera conductas adecuadas y lo que no. Hay que trabajar el ideario propio a este respecto de forma que se potencien aquellos comportamientos que contribuyan a dar la mejor imagen de nosotros mismos. Hay que evitar el auge del sectarismo, fomentar la inteligencia política, el trabajo duro para lograr los objetivos de la organización, Todo ello huyendo de la crítica sectaria de las ideas del contrario.

En resumen, la moderación en el perfil político con vistas a lograr el máximo posible de los objetivos sociales. De qué nos sirve gritar lemas sectarios si no conseguimos mejorar la vida de la población. De qué nos sirve practicar una crítica salvaje de otras organizaciones políticas si ello solo ayuda a que ganen elecciones. De qué nos sirve criminalizar al enemigo político si ello no le hace perder votos. Seamos también pragmáticos en esto.

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