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La urgencia de adaptarse a la realidad compleja

Constitución del 78

Si bien es cierto que el ideario comunista hizo furor en el siglo pasado, por la precaria situación social en que se encontraban las clases trabajadoras, en la actualidad, esta ideología “suena”, cuanto menos, a obsoleta.

El repunte de esta tendencia, a mi entender, es el deterioro de las estructuras sociales por diversos motivos, el finiquito del contrato social de posguerra, la globalización, la crisis económica de 2008, entre otros, acompañado también por el declive de la socialdemocracia, por sus postulados excesivamente centrados,  y todo ello causado fundamentalmente por presión del movimiento denominado neocon, y su cruzada desreguladora, acabando con el equilibrio económico-social base del estado de bienestar y dando lugar a unas preocupantes condiciones sociales a las que los poderes públicos han de dar solución si no quieren verse superados por radicalismos de ambos signos. 

En nuestro país es necesario un gobierno con una política económica de importante carga social. Soy consciente de que revertir esta situación es harto difícil y complicado, además, esta situación no es exclusiva de España, ocurre también en países con instituciones no bien adaptadas a la complejidad de la gobernanza democrática.



Estoy convencido de que la forma más efectiva de encauzar la convivencia política en este país es reformar sus instituciones. Una reforma constitucional, en sentido federal, que tenga en cuenta la indefinición de la Constitución del 78, evitando futuros conflictos por este tema, recogiendo en su articulado los Estatutos de los territorios y adaptando su texto a la complejidad creciente de la sociedad. La robotización es un hecho y la Inteligencia Artificial -IA- ya está aquí. 

Como aquí y ahora, la política es la que es y los políticos son lo que son, hay que disponer de unas instituciones de estado fuertes y bien definidas que eviten, o pongan muy difícil, que se produzca corrupción política, politización judicial y judicialización política. En definitiva, articulando unos contrapoderes que hagan imposible la repetición de las lamentables situaciones institucionales que aún se dan en este país.   

No hay que sacralizar la Constitución. Es curioso que los mismos que no la apoyaron decididamente en su momento ahora son sus más fervientes seguidores. Bien es cierto que el extraordinario pacto constitucional se produjo por la grave situación política de aquellos momentos, los unos, que ostentaban el poder, convencidos de «hasta aquí hemos llegado», y los otros, de «hasta aquí podemos llegar», acordando un texto constituyente poco definido y con posteriores problemas a causa de la ambigüedad de su articulado.   



La dificultad para modernizar nuestra Carta Magna es mucho menor que la de su creación, durante la Transición, recuerdo haber leído en la revista Cambio16 que la constitución alemana había servido de modelo-guía para la nuestra, para facilitar la reforma constitucional, ¿por qué no hacer lo mismo ahora?, hay que tener en cuenta que la RFA ha reformado y modernizado más de sesenta veces su Ley Fundamental de 1949, en una comparación que debería sonrojar a nuestra clase política, la Constitución Española de 1978 sólo ha tenido dos modificaciones de texto: art. 13.2, la expresión “y pasivo” en 1992 y, la obligada por la UE, art. 135, “estabilidad presupuestaria” en 2011, que tanto dio que hablar a la izquierda «alternativa». Las constituciones no son un texto clásico que perdura por siglos para su estudio, el Texto Constitucional es un ente vivo que regula el buen gobierno que debe dar respuesta a las vicisitudes de la ciudadanía y del que emanan los poderes del Estado.

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