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Los indultos

los Indultos

Que mejor ocasión para un seppuku que comentar la muy polémica decisión de nuestro Gobierno de indultar a los secesionistas condenados por el Tribunal Supremo por los sucesos de octubre 2017 en Cataluña.

A estas alturas creo que todas las partes han puesto sobre la mesa sus argumentos a favor y en contra de la medida. De manera que, como una visita al supermercado, solo es necesario darnos un paseo con el carrito por los pasillos y elegir la mercancía que más nos guste, sea o no buena para nuestra salud individual o colectiva.

Tenemos en primer lugar al gobierno, que lo primero que hizo fue defenderse atacando: quien no está a favor del indulto está a favor de la venganza y la revancha y, en todo caso, el indulto es legal por ser una prerrogativa del gobierno. Unos argumentos que se podrían aplicar a cualquiera: a un maltratador, un parricida, un violador, un asesino etc. No vemos, en cambio, al gobierno indultando o edulcorando a esos personajes (salvo a ciertos asesinos), de manera que las razones han de ser, necesariamente otras. Entre ellas que los secesionistas no son maltratadores, parricidas, violadores ni (cierto tipo de) asesinos.

La oposición, por otro lado, ha salido “en tromba” contra esta medida. Las acusaciones han sido también variopintas: desde “humillación”, “traición democrática”, “aberración jurídica” y “clara ilegalidad”. Y se ha hecho también hincapié en la ausencia de arrepentimiento, coincidiendo con el criterio del informe preceptivo no vinculante del Tribunal Supremo.

Cierto es que, en la España de hoy, el Tribunal Supremo no es nadie. Y mucho menos el Rey que, a todos los efectos, es un mandado. “Felipe, sal que lo de Cataluña se nos está yendo de las manos”, le dijeron en octubre del 2017. “Felipe, firma estos papeles para indultar a quienes se nos fueron de las manos”, le van a decir ahora. Aquí las instituciones están, después de todo, al servicio de quien manda.

En el campo secesionista, en cambio, no nos venden los indultos. Han optado por posicionarse en los estantes próximos a las cajas registradoras para ofrecernos la maquinilla de afeitar o los caramelos, es decir, el complemento ideal hayas comprado una cosa o la otra y, sobre todo, si te vas para casa sin haber comprado ninguna.

No resulta de extrañar que el mensaje del Gobierno de España no calase entre su parroquia. Había voces y vértigo en el PSOE porque no había quien se lo tragase. Ni con bicarbonato. Había que hacer comunicación y pedagogía. Pero sobre todo lo tenían que hacer otros, no el gobierno, porque a este gobierno ya no se le puede comprar ni un coche de segunda mano. Recordemos que hace tan solo dos años proclamaban vehementemente justamente la posición contraria.

Pero no carguemos tanto las tintas sobre ellos. Hoy sabemos que, si bien muchas de las células del ser humano se renuevan cada 7 años aproximadamente, las de una persona tan vital y resistente como Pedro Sánchez deben renovarse cada varios meses. De manera que el Pedro Sánchez de ahora no es el de antes. Tal y como en su día intentó explicarnos, si bien con menos rigor científico, la Vicepresidenta Calvo.

En definitiva, había que tirar de argumentario y, además, el mensaje tenía que ser omnicanal. Esto no es un problema en un país donde en un año normal la mitad de la economía depende del BOE y que, tras la pandemia y la aprobación de los fondos europeos, acaba de convertirse súbitamente al modelo económico chino de capitalismo dirigido. Mucho menos cuando la sociedad civil y, en particular, sus representantes hacen gala de una larga tradición de venderse al mejor postor. Ya decían nuestros clásicos: “Ande yo caliente, ríase la gente”, ahora en versión trágica. Así que, en las últimas fechas hemos visto a nuestros poderes fácticos: la prensa, los sindicatos, el IBEX, la patronal y ¡los obispos! sostener con convicción el discurso de la convivencia, la concordia y la reconciliación.

Enfrentado al dilema moral de indultar a Jesucristo (un peligroso rebelde) o a Barrabás (un delincuente común) Pedro Sánchez Imperatorum Hispanorum ha decidido indultar al primero. ¿Quien dice la historia se repite y que no aprendemos de nuestros errores?. Sopesando si debiera tirar de utilitarismo o ética de la virtud o del deber lo ha tenido claro: el fin justifica los medios. ¿Quién podía dudarlo?.

Personalmente me gustaría que las decisiones de nuestro Gobierno pasasen los dos filtros, el de la virtud y el de la utilidad. Pero, ¡por lo menos que pase uno!. Y dado que el de la virtud no lo ha pasado, nos están vendiendo que indultar a los secesionistas catalanes condenados por sedición va a servir para reencontrarnos con los catalanes (los puros, se entiende) y crear un nuevo clima de entendimiento. Yo, personalmente, concedo que tan loables propósitos justificarían esa decisión y que el riesgo merecería la pena, si tuviese algún viso de hacerse realidad.

Pero conocemos bien el paño. Sabemos que el independentismo nunca está satisfecho, puesto que su existencia solo se justifica por mantenerse permanentemente en conflicto. Si el Gobierno esperan utilizar esta medida para socavar el debilitado frente independentista se equivocan: siempre acaban sintonizándose y de la manera más destructiva. Estos experimentos de aprendiz de brujo llueven, además, sobre mojado: “Dentro de 10 años Cataluña estará mejor integrada en España y usted y yo lo viviremos”, dijo el Presidente Zapatero hace 15 años cuando también, en otro alarde buenista, se lanzó en los brazos del independentismo catalán.

Es para los independentistas para quienes están siendo útil estos indultos y no (sólo) porque algunos de ellos salgan de la cárcel. Si la confusión a nivel internacional es mayúscula y, en términos generales, España se retrata como un país de baja calidad democrática, sospecho que es aún mayor entre las instituciones y funcionarios patrios. Ellos fueron quienes en realidad pararon el interno sedicioso de octubre de 2017. Dígale usted la próxima vez a esos funcionarios que arriesguen el tipo y pongan la cara. Es España quien, una vez más, sale debilitada tanto a nivel externo como interno.

Ahora bien, el ganador nato es su sanchidad. Otro capítulo más para su segundo manual de resistencia. Porque, no nos engañemos, este es el único fin que persigue este gobierno. Por ello me es imposible compartir una decisión que se nos presenta con unas ventajas muy inciertas, entraña unos perjuicios seguros y graves y su única motivación son intereses personales espurios.

Pero ¡no se lo pierdan!. Percibo una conmoción en la fuerza. Un toque de arrebato y cierre de filas entre la militancia y simpatizancia del PSOE que me llevan a poner en la nevera mi intuición sobre un sombrío pronóstico para el Presidente en las próximas elecciones. En mi anterior entrada argumentaba que la frecuencia y el calibre de los engaños a los que el Gobierno ha sometido a sus votantes podría estar a punto de romper su hucha emocional con ellos y volver en pólvora mojada la munición en forma de fondos europeos con la que nos van a bombardear en lo que queda de legislatura.

No contaba con que esas huchas están hechas del mismo material que el rostro de nuestro Presidente. Hormigón armado.

3 comentarios en «Los indultos»

  1. Al final de este artículo detecto algo de pesimismo con el resultado del gesto del gobierno con los condenados por el prócer, yo creo que toda acción en pos del entendimiento siempre es buena y que duda cabe que el indulto lo es, como mínimo da pie a comenzar las negociaciones porque eso es lo mínimo si se pretende solucionar el conflicto, esto no se resolverá con alguna imposición por alguna de las dos partes y solo negociando habrá acuerdos, negociar supone ceder algo entre ambos y claro que la solución será en el ámbito político, no se me ocurre ninguna otra vía para la solución de este problema que cada vez se enquista más.

    1. Sí, desde luego soy pesimista respecto de esta medida y no creo que sea positiva ni útil para el interés general, aunque desde luego lo va a ser para el interés particular de los independentistas y, al menos a corto plazo, del Gobierno.

      Mi pesimismo lo fundamento en dos consideraciones:

      1) la operación es de muy alto riesgo
      2) el cirujano es un incompetente y, por si fuese poco, no es de fiar

      Desarrollo mis consideraciones:

      1. Respecto de los riesgos

      Coincido en los beneficios que pueden alcanzarse en términos de crear un nuevo clima, desactivar argumentos (lazos amarillos) etc.

      Lo que ya creo que muchos de los partidarios de los indultos no ven son los costes, que también existen. Descrédito de las nuestras instituciones fuera de España y frustración de nuestros funcionarios (que fueron quienes pararon el golpe).

      Que se alcancen los beneficios y que el saldo neto sea positivo es algo muy dudoso. En esto coincide también el Gobierno y sus voceros cuando califican la medida de “valiente”. Si es valiente es porque entraña riesgos.

      Por tanto se nos plantea una operación de alto riesgo. Yo personalmente no me sometería a ella alegremente salvo que fuese cuestión de “vida o muerte”. ¿Es así de seria la situación ahora?. A mi no me parece prudente. Es opinable, desde luego, en todo caso si así fuese yo solamente me sometería con el mejor cirujano.

      2. Respecto del cirujano

      Si tengo que someterme a una operación de alto riesgo trataré de elegir al mejor cirujano. Y el mejor ha de reunir dos condiciones: que sea competente y que sea de fiar.

      ¿Es competente un Gobierno y un partido que alegremente se embarcó en un Estatuto que se aprobaría “viniese como viniese” de Cataluña y que haría que Cataluña estuviese mejor integrada en España y que “usted y yo lo viviríamos”?. Creo que han dejado claro que su competencia solamente alcanza a mezclar el vino con la gaseosa, pero nada más.

      ¿Son de fiar?. Pues mire, no. Todos sabemos que lo único que persigue el Gobierno es seguir un día más. Lo sabemos desde hace años. Solo hay que ver su hemeroteca.

  2. Absoluto pesimismo sobre la medida. Totalmente de acuerdo con el autor.
    Ortega y Gasset ya nos dijo en 1926 (comprobaré fecha pero por ahí fue) que Cataluña no tenía solución.
    Y no la tiene.
    Por tanto, no perdería el tiempo buscándola.
    Mantengamos su autonomía y aguantémoslos con fortaleza sin dar un paso atrás.
    Y que sigan en su línea echando empresas y evitando que nadie quiera ir a trabajar allí.
    Ya razonaran. O no. Es su problema.
    Fortaleza y nada más.
    Enhorabuena por el análisis.

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